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domingo, 29 de julio de 2012

Mi amigo el parado...

Todos tenemos un amigo parado. Incluso un parado de larga duración en la misma familia; yo no iba a ser menos, claro.

Sí, lo confieso: tengo un amigo parado. Además, es mayor de 50, el paro se le acabó hace tiempo y los ahorros que tenía van mermando de forma alarmante. No es mucho, me decía hace unos meses, pero si encontrara un trabajo hasta pensaría en algún viajecito de vacaciones para celebrarlo. Tal y como están las cosas, ha dejado de fumar, las cañas las tira desde una litrona que compra en el chino más barato del barrio, le costó tres tardes de entrar y preguntar el precio en todos los que encontraba, el aire acondicionado lo ha sustituido por un abanico y agradece que el verano tenga tanta luz porque así no tiene que gastar bombillas; todas de bajo consumo, claro. Incluso se ha hecho fan de Falsarius, pues le permite quedar de coña con muy poquito dinero cuando le toca montar cenita con los escasos amigos con que aún cuenta; ya se sabe, cuando la ruina entra por la puerta, los amigos salen por la ventana... Con lo que me gusta cocinar, me dice mientras tunea un bote de lentejas para un estofado, y verme en esta tesitura hace que me ardan las tripas de rabia. Porque cocina bien, el jodío, y los que le frecuentábamos en tiempos mejores lo hemos disfrutado en muchas ocasiones.

Ahora apenas sale de casa; pasa los días sentado delante de su ordenador haciendo equilibrios para que su conexión esté siempre al día de pago. Mantiene que cualquier cosa que encuentre vendrá por ahí y las pestañas del navegador saltan de las noticias a los buscadores de empleo mientras intenta encontrar un lugar, una idea, un trabajo remunerado por humilde que sea... Nada; las respuestas son siempre las mismas, como si de una broma macabra se tratase: "Está usted demasiado cualificado para este puesto", "Buscamos a alguien con un perfil más dinámico", "Nos interesa mucho su preparación y vamos a guardar su curriculum, ridículum lo llama él, para cuando tengamos algo disponible", "Su edad no encaja en el puesto", "Estamos montando un equipo con un perfil más joven"... Siento que me están robando hasta la dignidad, comentaba una tarde ante un café, poco a poco voy dejando de ser persona; estos hijos de la gran puta del PePé están buscando que nos suicidemos como solución al problema.

Estuvo siguiendo en internet el Pleno parlamentario sobre el Consejo de Europa y los Recortes. Le llamé; hay días en los que me asusta un poco el grado de depresión que puede llegar a alcanzar. Es fuerte, pero a veces se desmorona y percibo los esfuerzos que realiza para no romper a llorar. Este pleno, tan duro y tan repugnante podría ser un detonante grave para él. Me respondió bastante calmado. Estos hijos de la gran puta nos están machacando, me dijo nada más terminar con los saludos, solo les queda entrar en nuestras casas y quedarse con los muebles para venderlos. Continuó hablándome de las mentiras del IVA, de esa subida de un 3% que, en el caso de la cultura y la enseñanza, se llega a convertir en un 13%. Acabó volviendo a relatar sus esfuerzos por conseguir encontrar a alguien en el Sistema de salud dispuesto a evaluar y diagnosticar a su madre puesto que ella está ya en un punto en el que no es capaz de distinguir la realidad de sus alucinaciones.

Lo he presenciado alguna tarde en la que me ha permitido visitarle; sentado en la penumbra de su cuarto he escuchado el constante soliloquio de la anciana, un soliloquio bárbaro, atroz, producto de la demencia que padece. Era una mujer inteligente, lo sigue siendo, pero la dura vida que ha tenido y los remordimientos que cercan su vigilia hacen que esta se prolongue hasta 96 horas. Se habla a ella misma cuando se encuentra delante de un espejo, dándose instrucciones brutales o profiriendo insultos terribles, sistemáticos, contra un enemigo que viene del Islam o del interior de sus recuerdos entremezclando nombres, personas, situaciones, de forma aleatoria para terminar esas horribles hilazones con un "eso es mentira pero es verdad" y volver a la carga ante otro espejo o al encontrar una bolita de pelusa o gotas de agua en el suelo del baño... Así llevo el  último año y medio, me confesaba; cada vez va a peor. Antes, me dice, se iba a la sierra cuando se sentía muy descompensada y al regresar había cambiado, se había apaciguado y era capaz de mantener una convivencia normal durante cuatro o cinco días; creo que es el oxígeno que respira allí. Ahora ya ni eso le calma un poco. La veo deteriorarse ante mis ojos día a día y me pregunto cual deberá ser su estado para que Salud, esta maravillosa Salud de la que habla la asquerosa de la Aguirre, no pueda rehusar el atenderla en condiciones, hacerle las pruebas pertinentes y determinar un tratamiento y terapias que ayuden a paliar su demencia y, sobre todo, su sufrimiento. Hace una pausa en la que le veo contener la tristeza y bebe agua antes de continuar. Entre los medicuchos esos, metidos a cainitas cumplidores de órdenes, y los repugnantes responsables políticos del Sistema de Salud están asesinando a mi madre día a día de la forma más cruel; le han robado su dignidad y los derechos que 25 años de trabajo al servicio del Estado le han conferido. Pero creo que es irresoluble, concluye, tiene 82 años y, para ellos, no es más que una vieja que morirá loca dentro de pocos. De esta forma se quedan con el dinero que pagó al Estado en sus largos años de trabajo en el Ministerio. Es un robo más de tantos robos fascistas...

Me cuesta, en esos momentos, encontrar un argumento que consiga darle alguna esperanza. Yo también tengo claro lo que expresa su análisis. La sinrazón de un sistema de Salud tornado en inhumano es algo que excede cualquier posibilidad de aplicar la lógica. Me contaba que su madre realiza un esfuerzo constante por mantener la memoria activa, que sus escapadas a Cotos son una búsqueda de la razón, que casi ha perdido, para mantener un poco de autocontrol sobre ella misma. En uno de sus ciclos de crisis, tuvieron que venir con una ambulancia psiquiatrizada y llevársela a la fuerza hasta el hospital. Allí, una doctora lo redujo todo a "una pelotera familiar". No hubo forma de convencer a aquella bestia parda con bata blanca de que tenían que hacerle pruebas neurológicas, no unas preguntas estúpidas que solo son definitorias de sintomatología cuando la demencia se da en personas con poca preparación.  Mi madre, remarcó, lee la prensa todos los días; la escucho memorizar la fecha, repitiéndola una y otra vez. Pero cuando va al Corte Inglés, a cuya cafetería lleva acudiendo todos los domingos a leer el periódico desde hace muchos años, tiene que hacer esfuerzos para recordar el camino. ¿Cómo voy a conseguir trasladarle en cinco minutos de entrevista apresurada todo esto a una doctora que está más preocupada porque no se le altere la paz de la planta, y ligarse a la MIR que le acompaña, que por tratar verdaderamente a una enferma? Lo que más le duele a mi amigo es que, con la fuerza que tiene su madre, y su voluntad de no desfallecer, con la terapia adecuada y un tratamiento bien definido podría vivir los años que le queden con paz y dignidad. Ahora se retuerce en su infierno día a día y él espera a que comience a defecar por los rincones para llamar de nuevo al Servicio de Urgencia. Y sabe perfectamente que hasta en ese caso será difícil obtener una evaluación y un diagnóstico porque ella tiene 82 años y solo es un número en las estadísticas. Para el Sistema ya no existe. Le decía el simulacro de psiquiatra que le atendió aquella noche que "aquello lo hacían para salvaguardar la libertad individual"... ¿Y la libertad de vivir con la dignidad de una persona, donde queda? respondió él...

Y así nos va.


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